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10月28日

la amabilidad hondureña

 
 
Parte importante de los propósitos de este viaje, es romper paradigmas. A pesar de que me esperaba un ambiente hostil en Honduras, resultó todo lo contrario, ya que la calidez de su gente me sorprendió de grata manera desde el primer momento, pese a ser mexicanos (lamentablemente no tienen muy buena impresión de mi país).
Al cruzar la frontera entre Guatemala y Honduras, conocimos a un grupo de viajeros-artesanos españoles con los que pasamos un buen rato luego de llegar a Copán Ruinas. Aunque los países centroamericanos tienen mucho en común, las diferencias son marcadas. Lo primero que saltó a la vista es la mejoría del panorama visual, ya que las hondureñas tienen un 'no se que' que las hace llamativas. Tras pasar la noche, fuimos a las ruinas de Copán, el último vestigio de la civilización maya que encontramos en el trayecto, un lugar muy interesante aunque excesivamente caro para nuestros presupuestos. Sin embargo, no pude dejar pasar la ocasión y con todo el dolor de mi bolsillo, tuve que entrar para echar un vistazo.
Posteriormente, conseguimos aventón hasta un pequeño poblado llamado Gracias, un lugar colonial con un fuerte en lo alto de un cerro, custodiando a su gente, gente muy 'cabal', como dicen por aquí. Al día siguiente, con un calor infernal, decidimos pedir otro aventoncillo lo más lejos que pudieramos para llegar a Tegucigalpa, la capital, peor después de estar parados en un puente durante un buen rato sin que pasaran muchos coches, tuvimos que tomar una camioneta de redilas abarrotada de gente. Un viaje un poco incómodo en el que incluso un niño vomitó cerca de donde estaba yo. Sin embargo, todo cambió cuando el cielo se tornó negro y las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer. Cuando sólo quedábamos unas cinco personas en la camioneta, la lluiva azotó fuerte en aquel camino de terracería, en el que nos protegimos con una lona llena de hoyos. Nos detuvimos en un pueblo para 'transbordar', pero cuando pensábamos que con el agua no nos pudo ir peor, la lluvia se puso más violenta hasta que empezó a caer granizo, mientras nos protegíamos del agua, el hielo y el intenso frío, con un impermeable. Luego de un rato, no podía mover las manos con libertad, estaban moradas y tiesas, al igual que el habla, mientras el camino se convertía en un imponente río color café. Con algún indicio de hipotermia en nuestros cuerpos, decidimos hacer una parada obligatoria en La Esperanza, donde nos hospedamos en un lugar con agua caliente y recuperar un poco la movilidad tras dar los primeros pasos.
Al día siguiente, llegamos a Tegucigalpa, capital hondureña. Empezamos a recorrer las calles con mucha atención, debido a que las cpaitlaes centroamericanas no son muy seguras que digamos, hasta que nos encontramos a una viejita que nos provocó una paranoia mayor, luego de orientarnos hacia el centro. "Que dios los acompañe, porque ahí hay mucho delincuente", sentenció la mujer, como si estuvieramos a punto de ir a algún lugar donde no había retorno. Sin embargo, todo trancurrió de forma tranquila. Tegucigalpa es una ciudad contrastante, con lugares bellos y otros no tanto, pero donde se mantiene intacta la hospitalidad hondureña. Recorrimos el sitio un buen rato hasta que dieron las seis de la tarde (hora en que cierran todos los comercios y duerme la ciudad), así que regresamos al hotal Iberia, donde nos hospedamos y donde tuvimos una breve charla (sobre política, claro está) con el encargado del lugar, un tipo bien informado sobre la realidad mexicana y hondureña, que nos dejó un buen sabor de boca. Después de todo, parece que a Honduras le hace falta un pequeño empujón para salir del bache económico y poder empezar una etapa de crecimiento como la que, se supone, existe en Costa Rica, aunque el característico comportamiento de los políticos latinoamericanos sea el mismo en todos lados (regularmente nefasto).
Fue así que nos dirigimos al poblado de Chiquimula para tomar una camioneta que nos llevara hasta el límite con Nicaragua, mientras el nerviosismo se acrecentaba debido a las terribles historias que había oído acerca de ese país, acerca de la violencia que habían dejado años de guerra. Sin embargo, estábamos listos para empezar a escribir nuesta propia versión de la realidad nica.
 
 
10月23日

gente de colores

 
 
Los guatemaltecos hacen del color, un estilo de vida. Al cruzar la frontera, de inmediato se revela una inmensa gama cromática que distingue al pueblo chapin, con sus característicos indígenas multicolores que tanto atraen a los turistas extranjeros amantes del folklor del tercer mundo, a pesar de que el país todavía tiene una herida abierta que no ha logrado sanar luego de casi un siglo de guerras que han dejado su marca en la población de aquel país centroamericano, según pudimos constatar a unos días de que se efectuara la segunda vuelta de las elecciones presidenciales que decidirá el futuro de Guatemala, a pesar de que las opciones no se ven muy favorables que digamos, ya que tendrán que elegir entre la "mano dura" del general Otto Pérez y el pacifista de corte cristiano Álvaro Colom. Luego del breviario cultural, y con el vos como sustituto del gûey, nos adentramos en territorio guatemalteco, hogar de la gente de colores.
Al cruzar la frontera por el poblado de La Mesilla, tomamos uno de los característicos autobuses multicolores de los que tanto habia oido hablar, aquellos que alguna vez fueron autobuses escolares en algun lugar de Estados Unidos y que desarrollaron una identidad propia cobijados por un sinúmero de diseños multicolor, para dirigirnos a la ciudad de Quetzaltenango, antiguamente conocida como Xela, una de los centros urbanos mas grandes del país en medio de una fría lluvia que se prolongó durante algunos días. A pesar de lo que mucha gente me habia comentado, no percibí una diferencia sustancial entre Guatemala y el sureste mexicano. De no ser por la aparición repentina de gasolineras multinacionales, marcas diferentes en productos de telefonía y cerveza y el nombre de los partidos politicos, el paisaje resulta muy parecido, con los mismos sembradios de maíz en lugares imposibles, en medio de la pronunciada sierra y la abundante vegetación. Al llegar a la terminal de autobuses de Xela, todo se complicó. A casi 2 mil 600 metros de altura, el frío y la lluvia hicieron mas difícil la expedición a través de las calles centrales de la ciudad. Luego de dar algunas vueltas sin ningun resultado, logramos encontrar una posada a buen precio y con agua caliente. Tenía varios dias sin bañarme (oficialmente, pues estaba empapado), por lo que disfrute enormemente aquella ducha. Pese al mal clima de los siguientes días, aprovechamos la oportunidad para dar un breve paseo por Xela y rencontrarnos con Julius, el aleman que conocimos en Oaxaca, quien nos comento que se quedaria un tiempo en aquel lugar para aprender español al igual que Eva y su amigo canadiense.
Un par de días después sin mayores acontecimientos, salimos con rumbo al pueblo de Sololá, entrada al Lago Atitlan, un bello lugar con casi 20 comunidades en la periferia y custodiado por tres imponentes volcanes. Despues de matar el hambre, nos dirigimos a Panajachel, la población con mas desarrollo turistico de la zona, donde pasamos la noche tras beber una cerveza Gallo, un verdadero acto patriótico según la creencia de algunos guatemaltecos y publicistas, y disfrutar de un colorido grupo de rock lidereado por una especie de Carlos Santana chapin bastante peculiar que le echaba un chingo de ganas a eso de la cantada (para abril o para mayo, tu ru ru ru). Ahí pasamos una noche más para luego dirigirnos en bote hasta San Pedro, un pequeño poblado al otro lado del lago con un fuerte arraigo evangelista, un lugar mucho más tranquilo que el agitado Panajachel y sus múltiples e insistentes vendedores, entrenados para doblegar el bolsillo de los turistas a como dé lugar.
Nos hospedamos en un hostal llamado Trippy´s, propiedad de un gringo llamado Seth que según relató después, medio se dedicaba al rollo de la pintura. Ahí conocimos a un grupo de turistas de diversos lugares, con los que convivimos los días siguientes, auqnue la comunidad isrealí dominaba la región debido a que la mayoría de los jóvenes hebreos salen de viaje al terminar su servicio militar de tres años y Centroamérica figura como el segundo destino más popular después de India, según nos contó Duel, uno de los viajeros. Ahí mismo conocimos a David, un israelí chilango (chido, guey) según sus propias palabras, ya que llevaba viviendo un tiempo en Los Cabos y luego en Tulum, ganándose la vida como instructor de buceo. Fue así que la estadía a orillas del Lago Atitlán se prolongó un par de días más de lo esperado, ya que desde el comienzo, nos invitaron a una fiesta que se realizaría el martes (llegamos un domingo), por lo que no tuvimos más opción que quedarnos y convivir con la banda viajera. La segunda noche, regresamos al famoso Budha Bar, donde tocaba un grupo de blues. Me llevé la guitarra al lugar para ver si podía aprender un par de pisadas blueseras. Luego de conocer a un gringo buen pex de nombre Caleb, con un parecido extraordinario a Leonardo Di Caprio, un sujeto que también portaba guitarra se me acercó para cotorrear.
- Mirá loco, que vamos a hacer mierda a estos sujetos, vamos a armar algo allá afuera para que vean lo que es tocar- expresó el sujeto de pelo largo, negro, con bigote y barba enfundado en una playera del mítico e infaltable Ernesto Guevara. Pregunté su procedencia nada más para corroborar mi hipótesis, ya que qfectivamente, era argentino. Yo no quería hacer mierda a nadie, (de hecho disfruté bastante del blues de estos vatos), pero sí quería tocar un rato, así que salimos durante un par de minutos para coordinarnos un rato y tocar durante un rato pasados algunos minutos.
Para el día de la fiesta, comencé a sentirme un tanto aburrido. Sin embargo, esperamos hasta la noche a la famosa fiesta, que no estuvo mal, pero tampoco fue la gran cosa. Adampol y yo no estábamos de humor pa' fiestas y nos fuimos un rato a ver el cielo estrellado a un costado del lago para debrayar y filosofar sobre una amplia gama de rollos, crticiando a todo mundo y tratando de componer el mundo sin intenar componerlo en realidad.
Para el día seiguiente, Carlos y Cecilia tuvieron una pequeña discusión de la cual no estoy bien enterado, (ni pretendo estarlo). Lo cierto es que ese día por la mañana nos fuimos de San Pedro hacia la ciudad de Antigua sin despedirnos de Cecilia, quien días después escribiría un correo electrónico explicando que había llegado sin contratiempos hasta la Ciudad de México.
Antigua tiene un aire colonial que muchos comparan con San Cristobal de las Casas, lo cual tiene sentido, ya que la arquitectura es muy similar aunque el 'feeling' del lugar es otro muy distinto, siendo las ruinas coloniales, originadas por los constantes terremotos en la época que la ciudad era planeada para ser la capital guatemalteca, el atractivo principal de la región. Estuvimos un rato dando el rol y tomando fotos (fieles a la costumbre), antes de que Adampol se comunicara con Lulú, una conocida suya que esperábamos pudiera darnos posada. Sin embargo, no tuvimos el éxito deseado, así que conseguimos posada en un lugar administrado por una familia disfuncional, según pudimos constatar esa misma noche. El caso es que por la noche, Adampol quedó de verse con su amiga en la Fonda de la Calle Real, (donde estvo Bill Clinton), donde pudimos comer algo y beber una Gallo bajo el patrocinio de un actor sexagenario en vísperas de armar una versión teatral del Tenorio y un médico cubano con los que pasamos un momento agradable, de buena plática. Al término de la velada regresamos a la posada, donde los constantes chillidos de la perra y los gritos provocados por el alcoholismo del padre de familia (y los pleitos subsecuentes que se alargaronhasta el amanecer) nos despertaron en un par de ocasiones. Tras dar un segundo recorrido por Antigua, nos dirigimos a la capital guatemalteca. Lo primero que me saltó, fue ver lo gris de la ciudad de Guate en comparación al colorido del resto del país. Caminamos por un buen rato en el centro hasta que una señora nos recomendó un hotel barato: "pues aquí a dos cuadras hay uno que se llama El Pasatiempo, se ve tranquilo porque nunca se ha sabido que hayan matado a nadie", relató la señora. Ante tales recomendaciones, no nos quedó más que alojarnos en el afamado motel, el cual se alquila por hora (¿porqué será?), pero hicieron una excepción con nosotros. Durante un largo rato vimos algo de la televisión por paga de los guatemaltecos con algunas algo de curiosidad. La tele y el radio de la habitación estaban concandado para evitar atracos. Al d{ia siguiente, nos levantaron a las 9:00 am quesque por la "hora de salida", en la que despertaban a los demás amantes del hotel para darle una limpiadita ante los "líquidos extraños que pudieran estar en el suelo", según un letrero que se encontraba en la pared.
Después de varias horas de buscar sin éxito al escritor guatemalteco José Luis Perdomo Orellana, tras lo que comprobamos fue un compló contra la filial telefónica de Carlos Slim en Guatemala, decidimos dar un paseo fuera de la zona centro, por lo que tomamos un autobús al azar que nos llevó hasta un centro comercial, donde dimos una vuelta sólo para regresar confundidos por lo curiosos de una anécdota que le ocurrió a Carlos y que me da flojera contar por el momento (hay que guardarse algo pa contar al regreso, jeje). Fue así que un tanto golpeados por la capital chapina, pero con un buen sabor de boca ante lo surrealista de nuestra estancia en la ciudad, abandonamos el Pasatiempo durante la mañana para dirigirnos a Chiquimula y cruzar la frontera con Honduras.
 
10月11日

el llamado de la selva

 
La selva guarda poderes ocultos en medio de su inmenso follaje que brota de su tierra fértil, tierra de poetas que utilizan la palabra como medio para cantarle a la naturaleza. Los mayas debieron ser poetas. La construcciòn de sus templos en medio de la serranía chiapaneca los delata.
Esa fue la impresión que me dio al pisar Palenque por vez primera, lugar en el que las piedras hablan pese al imponente rugido de los monos aulladores que se apoderan del espacio en lo profundo de la noche.
Pero bueno, antes que otra cosa suceda,permítanme explicarles lo que sucedió luego de los acontecimientos de Zipolite. Resulta que llegando a Villahermosa, fuimos a casa de Laura, la hermana de Adampol, quien vive con su esposo Oscar y sus hijas Ana Laura y la pequeña Karla, personas muy amables con quienes pasamos unos días de descanso que utilizamos para arreglar un par de cosas y continuar la larga travesía continental. En medio de tan comfortable parada, Cecilia aprovechó para sacar un nuevo pasaporte mientras yo no dejé pasar la oportunidad de visitar el Parque- Museo La Venta, un lugar que ejerció un secreto poder de fascinación hacia mi persona. Mitad del parque es un pequeño zoológico y la otra mitad es una especie de recorrido en medio de la espesa vegetación característica de la capital tabasqueña, donde las imponentes cabezas olmecas y las estelas características de los "habitantes del país del hule" se van descubriendo poco a poco. Un paseo extraordinario, cortesía del poeta Carlos Pellicer. Se nota su mano en la construcción.
Luego de una emotiva despedida de la familia de Adampol, nos dirigimos a las afuras de Villahermosa para pedir aventón a lo largo de la carretera hasta la desviación a Palenque. Luego de algunos minutos en medio de la furia incontenible del rayo solar propio del sureste mexicano y varios litros de sudor, se detuvo una camioneta, misma que abordamos por la parte trasera durante un buen rato hasta llegar al entronque. Quizá la playera de la UNAM que portaba en ese momento ayudó un poco, porque al parecer el señor le iba a los Pumas, según una imagen situada en el parabrisas trasero de la camioneta.
Fue así que continuamos el camino hasta la zona arqueológica, donde conseguimos posada en un lugar llamado La Palapa, atendido por una simpática señora y su hijo Juanito, una especie de Forrest Gump chiapaneco. Una vez instalados en una de las cabañas, ubicada en medio de la selva, nos sentamos a ver la suave lluvia vespertina una vez que los monos callaron.
Al día siguiente, nos levantamos temprano para ir a las ruinas y evitar, dentro de lo posible, las marejadas de turistas extranjeros que a diario se ven por estos rumbos. Tras caminar casi un kilómetro cuesta arriba, por fin llegamos al lugar. Palenque es un sitio extraordinario, lleno de un poder hipnótico. Estuvimos un buen rato dando vueltas por todo el lugar, para luego ir al pequeño museo que se encuentra en las afueras, una vez que emprendimos el regreso.
Nos dirigimos a las cascadas de Agua Azul, a unos 50 kilómetros de Palenque. Luego de un pequeño altercado con el chofer de la camioneta, por cuestión de tarifas y demás, conocimos a una pareja de israelíes que se ofrecieron a llevarnos hasta las cascadas. A pesar de que las cascadas de Agua Azul poseen un tono café en esta temporada del año (por las aguas revueltas) dimos un breve paseo por el lugar para luego decidir marcharnos ante el alto costo que tenía el hospedaje. Nos fuimos con los israelíes, quienes se fueron un tanto decepcionados al no encontrar el azul turquesa que prometían algunos folletos turísticos.
De vuelta en la cinta asfáltica, tratamos de conseguir otro aventón hasta San Cristobal de las Casas, hasta que una camioneta se detuvo para llevarnos hasta Ocosingo, donde tuvimos que quedarnos cuando nos sorprendió la noche y dificultó la tarea de seguir adelante hasta la región de Los Altos. Al llegar a la plaza se sentía el interés de la gente por la jornada electoral que se celebró ese mismo día acompañada de cierta tensión, sin que pasara a mayores. Por azahares del destino, pernoctamos en una pequeña posada ubicada en la casa de campaña del PRD, por lo que al pasar por ahí, nos invitaron a cenar y a platicar un rato sobre política, un tema que los chiapanecos conocen a fondo, según úna observación de Adampol que fue confirmada por un señor con el que platicamos al día siguiente en la parte posterior de una camioneta de redilas con destino a Oxchuc. "El campo no produce, por eso muchos se quieren meter a la política", confesó el viejo antes de abandonar la camioneta con su garrafa llena de gasolina que utilizaría para limpiar un predio a orillas de la carretera.
Conforme nos acercamos a San Cristobal, el clima fue cambiando poco a poco. Los platanales iban quedando atrás para dar paso a los árboles de coníferas que daban un toque especial al de por sí, hermoso paisaje de la sierra chiapaneca. Por fin, a San Cristobal de las Casas, donde ser indígena es fashion, capital del movimiento zapatista, cuyas hermosas calles empedradas le dan un toque muy atractivo para aquellos extranjeros que vienen hasta acá en pos del turismo revolucionario, donde al comprar un muñequito de trapo zapatista se puede ser parte de la causa, aunque sea un poco. Fetichismo revolucionario dirían algunos. Así pasamos la tarde, rodeados en aquel poblado custodiado por las montañas que sobrepasan las nubes, hasta que al anochecer, tomamos un camión con destino a casa de Kjell y Rosario, una pareja de activistas sociales que contactamos a través de internet y con quienes platicamos durante un buen rato de política, situaciones sociales y cosas similares. Una plática interesante con gente interesante, ya que ambos estan muy metidos en trabajo con comunidades indígenas. Me sorprendió el buen español que hablaba Kjell, proveniente de Alemania, pero me sorprendió más saber que hablaba nueve idiomas a la perfección tras haber recorrido medio mundo.
Al día siguiente, no pude evitar la tentación de visitar un par de lugares poco comunes en las cercanías de San Cristobal. El primero fue San Juan Chamula, una comunidad en la que no estar de acuerdo con el PRI o no pertenecer a la misma relgión que la mayoría es un motivo de expulsión. El poblado parecía normal hasta que un letrero al comienzo de la calle principal anunciaba que estaba extrictamente prohibido tomar fotografías dentro de la iglesia, algo que suena un tanto extraño. Luego de pagar los respectivos 15 pesos para ingresar al templo, me saltó un impulso por tomar una foto, mismo que tuve que reprimir ante la posibilidad de ser tendido a palos e incluso ir a dar a la cárcel. Y es que San Juan Chamula es un templo católico ajeno a lo que se conoce en el mundo eclesiástico. Lo primero que salta a la vista es la ausencia de bancas, una cnatidad enorme de veladoras y santos de todo tipo ataviados con listones multicolores y la presencia de hojas de pino regadas en el suelo, mientras la gente pronuncia oraciones en voz baja al frente de las veladoras y realizan un peculiar rito con refrescos, huevos o pollos, ya que aunque no conseguí (gratis) quien me explicara el asunto, asumí que era una forma de bendecir los alimentos, ya que es un ritual que realizan a diario.
Por la tarde decidí ir a Oventic, uno de los municipios autónomos custodiados por el EZLN, cercano al poblado de San Andrés Larrainza. De entrada, estaba un poco emocionado, porque tenía tiempo que quería ver de cerca y sin filtros, cómo viven los zapatistas. Fe así que un taxi colectivo me dejó a orillas de la carretera, en medio de la neblina más espesa que haya visto, y donde las pequeñas casas y edificios  de inmediato son una señal de que esa es una comunidad zapatista y no un sitio cualquiera. La escual, los talleres y algunas tiendas estan pintadas con un estilo único que han desarrollado los zapatistas, y que al mismo tiempo son una forma de propaganda. "Está usted en territorio zapatista, donde el pueblo manda y el gobierno obedece", reza un letrero a la entrada de Oventic. Sin embargo, mi curiosidad no había sido saciada, por lo que decidí preguntar a un sujeto con la cara cubierta por un paleacate, si existía una persona con la que pudiera hablar sobre algún tema de tursimo y demás que pensaba escribir. Fue así que me pasaron al centro de vigilancia de la comunidad, donde me recibieron dos personas con pasamontañas. Una vez en la oficina, me preguntaron el motivo de mi visita, lo cual respondí diciendo que quería hablar con alguien sobre cómo había cambiado la presencia de turistas y observadores a raíz de su autonomía zapatista. Uno de ellos, el más jóven, escribió mis datos en una hoja en blanco a modo de pasaporte y dejó la habitación durante algunso minutos mientras yo me entretenía mirando la cantidad de dibujos colocados en las paredes. Después de un rato, regresó para decirme que la Junta de Buen Gobierno (es decir, la autoridad del lugar) estaba muy ocupada y que querían saber exactamente el porqué estaba ahí. Tras escribir mis razones en un papel, me hicierone sperar nuevamente, aunque esta vez fue mucho más tiempo, mismo que aproveché para hacer un dibujo e intercambiar algunas palabras con el hombre de mayor edad. Al final, me dijeron que tenía que ir a la oficina de San Cristobal, donde me podrían dar toda la información que quisiera. Tal parece que el continuo conflicto entre zapatistas, ejército y grupos paramilitares influyeron de algún modo para que pensaran que mi presencia en lo alto de la sierra no fuera muy normal que digamos. Con un poco de inconformidad, abandoné Oventic luego de que pasara una combi de regreso a San Cristobal, donde pasamos la noche para partir al día siguiente hacia la frontera con Guatemala y abandonar México de una vez por todas.
 
 
10月6日

primera parada

 
Al tomar las mochilas y emprender la caminata nocturna a través de la colonia Doctores para llegar en metro a la estación de autobús, comenzó formalmente la travesía con destino fijo hacia el sur, luego de reunirnos en casa de Adampol, y conocer finalmente a Cecilia. Iniciado el viaje, y arrastrando nostalgias prematuras mientras avanzaba el autobus, llegamos a Oaxaca durante las primeras horas de la mañana. De inmediato nos dirigimos a la casa de Jesús Rito, en la colonia Pintores, un amigo de Adampol, quien nos dio asilo el tiempo que duró la visita y donde conocimos a Julius y Eva, un par de alemanes que se unieron momentáneamente a la expedición.
Como era de esperarse, aprovechamos el primer día con un recorrido turístico a través de las calles principales de la capital oaxaqueña, donde se respira un aire turbio, enrarecido por el clima político y la amenaza latente de violencia que se vive de un tiempo a la fecha por estas latitudes. Ln claro síntoma de rotestan y levantan la voz ante un gobierno que pretende fingir que todo va bien, maquillando la situación con litros y litros de pintura que pretenden silenciar un pasado marcado por el descontento, la represión y la sangre.
Pese a todo, debo confesar que Oaxaca es un lugar muy bello, y diferente a lo que imaginé. La imágen de Benito Juárez no tapizaba las paredes como pudiera pensarse. Sin embargo, las bibliotecas y centros artísticos construídos por el pintor Francisco Toledo y Harp Helú, quienes mantienen una reñida competencia filantrópica según algunos lugareños, son una referenica obligada pra explicar el toque bohemio que tiene Oaxaca. El mercado tiene un colorido especial aunque se empiezan a notar ciertos vicios que ha traído consigo el turismo internacional, que miran curiosos y con cierta repulsión la manera en que la gente come chapulines. 
El día siguiente fuimos a Monte Albán, ubicado en la cima de uno de los tantos cerros que protegen la ciudad oaxaqueña y que habla de la grandeza de los orfebres y artesanos más hábiles del México antiguo, para los que el culto a la muerte continúa siendo un asunto íntimo, una conexión con el pasado, el presente y el eterno olvido de los días por venir.
Posteriormente tuve la oportunidad de platicar a fondo con algunos personajes de Oaxaca para poder entender la situación actual de los habitantes de aquella región del sur del país, donde la violencia y la repentina aparición del Cartel del Golfo y sus Zetas, han sembrado miedo a través de sus campos, principalmente en la zona del Istmo de Teuantepec, un punto obligado en la ruta que conecta Centroamérica con los Estados Unidos y su errónea concepción del sueño americano.
Fue así que llegó la hora de partir. Nos trasladamos a la región costera por medio de algunas camionetas que cruzan la Sierra Madre Occidental a través de estrechas carreteras repletas de curvas. Luego de seis horas de camino y algunos cuellos torcidos, llegamos a Pochutla, donde tomamos un camión colectivo hacia la playa de Zipolite. El haber visto las imponentes y continuas olas inmersas en la inmensidad de un mar azul me llenó de emoción luego de varios años de vivir en tierra firme, disfrutando de la vida marina y las posibilidades que ofrece un país tan rico como México, además de que conocimos al Graziano, el encargado de la posada el pelicano, un tipo bastante cotorro y alivianado.
Sin embargo, todo cambió una noche, de forma repentina. Al salir de la ducha, un sujeto entró a la habitación y tomó algunas cosas, entre ellas, el estuche donde guardo mi cámara fotográfica. Al verse sorprendido, el bandido emprendió la huida tras saltar hacia una pequeña zoehuela, descender un peldaño y salir disparado a través de una callejuela hacia el mar. Di un par de gritos para ver si alguien podía detener al sujeto, pero la implacable carga de adrenalina hizo que persiguiera al ladrón unos treinta metros sobre la costa, hasta que finalmente, su silueta fue tragada por la noche, bajo el cobijo de la tiniebla que lo ocultó al entrar en lo que quedó de una laguna. Le perdí el rastro.
Al regresar al hostal, avisé a Adampol y a Cecilia, quienes se encontraban en la cocina. La noticia cayó como un balde de agua helada. Su rostro al regresar de la habitación, lo decía todo. El robo fue mucho mayor de lo que pudimos pensar en un principio. Faltaba una computadora y la bolsa de Cecilia. Las horas siguientes se escurrieron de forma extraña, estábamos aturdidos. Las ideas se precipitaban mientras tratabamos de digerir lo sucedido. Incluso llegué a pensar en terminar el anhelado viaje, aunque a los pocos minutos me di cuenta de que no tenía opción: había que seguir adelante pese al robo, pese a todo. Intentamos buscar ayuda, hasta que la realidad nos escupió en la cara al hacernos ver que en Zipolite existe sólo un policía, armado con un palo. La policía ministerial tardó tres días en llegar a la escena del crimen pese a los continuos reclamos, una vez que levantamos un acta ante el Ministerio Público de Puerto Ángel.
La mañana siguiente, después del robo, desperté con la mejor noticia que pudiera imaginar, luego de pasar una larga noche entre la inseguridad, la paranoia y el remordimiento. Resulta que al momento de huir, el tipo dejó el estuche con mi cámara fotográfica sobre la zotehuela. Ahí permaneció escondida entre lo negro de la noche hasta que los primeros rayos del amanecer permitieron que Adampol y Cecilia la encontraran al salir de la habitación. No lo podía creer. Posteriormente, tratamos de reconstruir los hechos y seguimos el camino por el que escapó el ladrón. Encontramos una camiseta de Cecilia y algunos papeles sobre el suelo, al lado de un tronco viejo a orillas de la laguna, una señal de que en ese preciso lugar, habían revisado la bolsa de Cecilia. No pudimos encontrar nada más.
Sin embargo, sentía una necesidad de irme de ese lugar, ya que desde un par de noches atrás, el turbio ambiente de la zona me tenía un tanto inquieto, lo cual se acentuó al descubrir la forma en que operaba la mafia local que distribuía drogas a los turistas, así como lo inútil de esperanzarse a recuprar las cosas ante un departamento de policía inexistente que la noche del robo cambiaba de mando y que se sabía, negociaba con el narcotráfico local con una mano en la cintura. Cecilia se obstinó en recuperar las cosas a como diera lugar, lo cual provocó cierta tensión entre todos, ya que existía un riesgo incierto en los métodos que pretendía utilizar para recuperar las cosas. Un par de días después, la partida se hizo impostergable. Tras jugar al judicial un día entero, debido a que acompañé a la policía a buscar al ladón debido a que fui el único que podía identificarlo, decidimos que no había más que hacer. Decidimos ir a Villahermosa, donde vive la hermana de Adampol y su familia para pasar un par de días y luego continuar con la ruta hacia el sur.
Julius y Eva viajaron a San Cristobal de las Casas con un canadiense que Eva conoció la noche del atraco. Finalmente nos separamos. Salimos de Zipolite con un sabor amargo, pero al mismo tiempo, reconfortados de que el malestar, la paranoia y la inseguridad habían terminado temporalmente.