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11月24日 el tapónAl cruzar el puente que dividía a Sixaola con El Guabito, las cosas empezaron a cambiar nuevamente. Ea domingo, día de la bandera, fiesta nacional en Panamá. Las actividades en el poblado fronterizo se detuvieron momentáneamente para observar el tradicional desfile con la tambora y las bastoneras, pero finalmente, pudimos arreglar el trámite migratorio y seguir hacia delante hasta Changuinola (donde fueron víctimas de una fuerte inundación uno o dos días después de que pasamos por ahí) de donde tomamos una camioneta hacia el poblado de Almirante, la última escala antes de tomar un bote hasta la isla de Colón, en el archipiélago de Bocas del Toro. A pesar de que el cielo nublado no fue lo ideal, dimos el acostumbrado paseo por aquel poblado con sabor afrocaribeño, con muchas casas de madera muy coloridas y con muchos turistas gringos que aumentaban los costos de casi todo, ya que la práctica de actividades como el snorkel o paseos en bote son algunas de las actividades que sostienen a buena parte de la población, que padece los estragos de la pobreza al igual que en casi todo el país.
Luego de conocer ligeramente aquel paradisiaco lugar, nos dirigimos a Penonomé, donde vivía Ingmar, un músico panameño que conocimos en el hostal donde pasamos la noche, y quien estaba recuperándose tras sufrir dengue. Después de casi un día entero de camino,haciendo una escala en el poblado de David, donde tuvimos que hacer una larga fila para poder tomar el autobús, por fin llegamos a casa de Ingmar a orillas de la carretera. Una vez ahí, conocimos a César, su hermano, un tipo que intentaba ser buen anfitrión pero que por momentos nos hizo sentir un tanto incómodos con sus preguntas y su plática un tanto hueca.
La mañana siguiente fuimos al centro de Penonomé, en medio de otro inmenso e incesante desfile por el cumpleaños del poblado, pero la verdad es que estábamos un tanto fastidiados por nuestro guía de turistas (el mentado César) y del continuo ruido de la tambora, así que luego de hacer un par de cosas pendientes en internet, decidimos intentar pedir aventón, pero después de un buen rato sin éxito alguno, tuvimos que tomar el autobús.
El arrivo a la ciudad de Panamá fue interesante, ya que de inmediato se nos reveló como una gran ciudad, un tanto agringada, con edificios enormes por todos lados y con las iluminadas instalaciones del Canal, lo cual nos dejó un tanto anodadados. Sin embargo, al mismo tiempo crecía la preocupación de no encontrar hospedaje barato, ya que la fastuosidad de la terminal de autoobuses y las "recomendaciones" del personal no eran muy alentadoras. De cualquier modo, decidimos probar suerte y adentrarnos en la ciudad, donde elpaisaje cambió drásticamentepara mostrarnos la otra cara de la ciudad de Panamá, los grandes multifamiliares, los arrabales. Fue así comollegamosa la Avenida Central, donde logramos encontrar un hotel a buen precio pesea estar en una zona de prostitutas, aunque se veía seguro.
Los días siguientes nos dedicamos a pasear por la ciudad, primero a la parte colonial de Casco Viejo y aldía siguiente al famoso Canal de Panamá, con sus imponentes esclusas y toda la cosa. Después de un parde días, pensamos que era tiempo de marcharnos, así que nos dirigimos a Colón, al norte del país, para buscar información para tomar un bote de carga rumbo a Colombia, ya que cruzar por tierra es muy difícil debido a la existencia delfamoso Tapón de Darién, una franja de selva impenetrable en la que no existen carreteras y donde hay toda clase de peligros, incluyendo malaria, dengue, guerrilla colombiana, paramilitares y demás bellezas. Después de dos horas de camino, llegamos al puerto de Colón. No sabíamos qué encontraríamos, pero esa experiencia evidenció lo centralista de la política económica de Panamá, ya que la riqueza sólo es visible en la capital, mientras los alrededores sufren de una pobreza lastimera y miserable. Al agarrar nuestras mochilas y caminar una cuadra, un policía nos detuvo para decirnos que no siguieramos caminando, pues la delincuencia estaba en nivelesalarmantes y era extremadamente peligroso andar caminando por ahí de noche. La advertencia era tan en serio, que el policía llamó a su compañero, sacó la escopeta y nos escoltó hasta el hotel Oriental, donde nos dejó explicandoque si queríamos ir a cualquier lado tomáramos taxi o que ellos mismos pasaban por nosotros en la mañana para acompañarnos a los muelles. A pesar de que el hotelno se veía nada seguro, dejamos las cosas y dimos una pequeña vuelta por una de las calles principales, pese a que la tensión era constante, ya que la gente padece una de las pobrezas más miserables que he visto, algo muy intimidante tomando en cuenta las advertencias de los lugareños.
Por la mañana siguiente tomamos un taxi para avanzarun par de cuadras (algo totalmente inusual en nosotros) hasta llegaral muelle 5, donde buscamos algún barco de carga que fuera a Cartagena, pero no encontramos nada. Del mismo modo, intentamos en un par de muelles más pero no encontramos mucho, ya que teníamos que arreglarnos personalmente con el capitán de cada barco para que nos llevara de polizones (pues esta prohibido que lleven pasajeros), así que de inmediato nos decidimos a regresar a Panamá. Una vez de vuelta en la capital, conocimos a Thessy, quien es profesora universitaria y periodista, con quien pasamos varias horas de plàtica muy amena mientras degustábamos un café de McDonalds (algo completamente inusual en nostros los enemigos del imperio, jaja).
Luego de buscar diversas opciones, averiguar en el Consulado de Colombia y poner cara lastimera en las agencias de viaje y la renta de veleros, descubrimos que la mejor opción para cruzar, era tomando una avioneta hasta Puerto Obaldía, en el sur de Panamá, para posteriormente cruzar en bote a Capurganá, ya en Sudamèrica, y de ahí tomar otro bote hasta Turbo, situado en la costa del Atlántico colombiano. Sin embargo, habìa un problema, ya que debíamos esperar alrededor de cinco días para que saliera el avión, ya que el cupo estaba lleno para el vuelo del miércoles y sólo estaba disponible un vuelo para el próximo viernes. Entre todo el problema, se nos atravesó el domingo, y pensamos que podríamos sacarle provecho a la guitarra mientras tanto. Luego de tocar media hora a todo volúmen, con mis manos exhaustas rascàndole duro a la lira en una plaza de la Avenida Central, sacamos la cuantiosa suma de medio dólar, luego de tocar una rola en una estación de la policía turística, donde conocimos a un sujeto de nombre Osvaldo, bastante cotorro, que tenía una empresa cultural, había estado en México estudiando música durante su juventud tras fallar en el intento de ingresar a medicina y que estuvo trabajando en diversas áreas del Canal de Panamá. Todo un personaje. Incluso nos recomendó visitar el hotel Sheraton para ver alguna variedad musical, pidèndonos de favor que le dijeramos al sujeto que tocaba los timbales "que no vendiera la guitarra, pues ya estaba próximo a reunir la plata para comprarla". Pero de cualquier modo ahí no acabó la cosa, pese a despedirnos cordialmente del mentado Osvaldo. Al disponernos a entrar al café Coca Cola (así se llamaba), un taxista nos abordó, empezamos a cotorrear y terminó interpretando unos boleros mexicanos e invitàndonos a pasar para tomar una taza de café. Ya adentro, todo fue una locura. Mientras el futbol pasaba por el televisor, un borracho se apoderó de la guitarra y nos pusimos a cantar. Simultàneamente, Carlos conversaba con una especie de gigoló griego que literalmente "no hacía nada", mientras un viejillo emocionado por la mùsica, nos pedía canciones de Luis Miguel y Celia Cruz, aunque no pudimos complacerlo. En eso, otro viejo, de color negro, me jalò para que lo acompañara con la guitarra mientras le cantaba un par de canciones de los Beatles a una pareja de gringos que lo miraban extrañados y risueños. Fue un día fantástico.
Para el lunes todo se definió. Comparmos los boletos de avión pese a que la sola idea de vagabundear por Panamá cinco días más gastando dinero no nos ponía de muy buen humor, pero de cualquier modo, no había opción. Nos cambiamos de hotel a uno más barato, llamado Pensión Ancón, ubicado junto a un centro de vicio llamado Fox Hole (el Hoyo de la Zorra). El nombre lo expresaba todo. Los días subseceuntes padecimos una seria monotonía, atrapados entre el arroz pastoso de las económicas comidas chinas, el recorrido de la Avenida Central y el encierro 'verde limón', del hotel. Una verdadera pocilga en la que los gemidos de los cuartos adyacentes eran una constante un tanto incómoda, mientras intentábamos conciliar el sueño en una caliente habitación sin ventanas en la que el reducido espacio adquiría proporciones cada vez más ridículas con una viga atravesada por en medio del cuarto. De cualquier modo, intentamos mitigar el aburrimiento formando parte de la vida cultural de Panamá, asistiendo a un concierto de trova panameña, en medio de décimas y una infinita gama de torrentes con los que los troveros panameños combatían valerosamente en un vertiginoso duelo de agilidad mental y rimas dentro de la Casa Góngora, el edificio más viejo de Panamá, y al día siguiente yendo a la función de cine francés en la que éramos los únicos espectadores. Y todo gratis.
Pese a las agónicas horas de espera, llegó el viernes. Nos levantamos temprano para ir al Aeropuerto de Albrook y prepararnos a tomar la aeronave. Después de pasar por migración y ganarme conco balboas en un raspadito de la aerolínea, abordamos la avioneta que nos llevaría a Puerto Obaldía. Los nervios se hicieron presentes en cuanto subimos al aeroplano, ya que nunca había tenido oportunidad de hacer un recorrido en una avioneta de esas características. Sin mebargo, todo transcurrió de forma tranquila. Tras dormir un par de minutos, desperté abruptamente cuando el avión tocó tierra. Al bajar de la aeronave, tuve una extraña sensación de estar lejos de todo, perdido en un pequeño poblado en medio de la nada, como si fuera una isla semi desierta, pese a estar dentro de la masa continental. Habíamos llegado a Puerto Obaldía, donde sólo existe una descuidada pista de aterrizaje, un muelle y un par de calles. Mientras bajaban las maletas, nos topamos con un grupo de viajeros sudamericanos que llevaban atrapados cinco días al no poder tomar un avión rumbo a Panamá. "Es un infierno, todo mundo miente con ta de vendernos algo... pero disculpen, es que hemos tenido un mal día", comentó una chica originaria de argentina. Eso nos alertó un poco, así que pese a que el cónsul de Colombia no quizo sellarnos el pasaporte, debido a la famosa ley del "tiquete de regreso", nos fuimos en bote a Capurganá, Colombia, donde el departamento de migración se negó a sellarnos el pasaporte, pues habíamos olvidado sellar la salida de Panamá, así que pese a nuestras protestas y nuestro dolido bolsillo, hicimos dos viajes más en bote junto a Nadia, una amiga argentina con quien pasamos toda esta aventura, hasta que finalmente obtuvimos el trámite. Carlos se sentía contento de tener su "sello" número 40 en el pasaporte, a pesar de que curiosamente, no sellaron la boleta sino que pusieron una inscripción a mano.
Habíamos llegado a Colombia, aunque el cruce no estaba completo, estábamos en medio de la nada todavía. La mañana siguiente tomaríamos un bote bimotor desde Capurganá hasta Turbo, pero antes, aprovechamos la noche para dormir y recarga fuerzas.
11月14日 naturalmente verdeLa importancia que los ticos le dan a la preservación de los recursos naturales va más allá de parafernalia turística y marketing políico (aunque también lo hay), ya que han adoptado el cuidado del medio ambiente como parte de su cultura, un elemento que sirve para darle solidez a la identidad nacional. Asimismo, la estabilidad política y económica han hecho de Costa Rica la potencia centroamericana, ya que incluso ha podido bajar notablemente las cifras de pobreza extrema (algo notorio en las calles, más allá de datos macroeconómicos), aunque la mayor parte de la miseria que se ve en Costa Rica corresponde a inmigrantes nicaraguenses y algunos colombianos.
Por nuestra parte, cruzamos de Nicaragua a Costa Rica por la frontera de Peñas Blancas para luego dirgirnos en un autobus hasta la ciudad de Liberia, donde tuvimos que hacer una parada al caer la noche. Desde el inicio dos cosas llamaron nuestra atención. La primera fue la belleza de las ticas y la segunda, el trato indiferente (en ocasiones hasta descortés) de los costarricenses, aunque claro, siempre hay excepciones. Luego de dar un breve paseo y ser consumidos por los mosquitos, nos dirigimos a la costa oeste de Costa Rica, un lugar llamado Nosara, ubicado en la provincia de Nicoya, que un amigo japonés de Adampol le había recomendado. El camino fue más largo de lo que hubiéramos pensado. Llegamos entrada la noche, por lo que decidimos caminar con las mochilas durante un buen tramo de lodo en medio de la profunda oscuridad de un poblado en medio de la selva, hasta que desisitimos de tal tarea al saber que los precios en los hoteles de la playa estaban sumamente elevados y que nos faltaban al menos un par de kilómetros más de los que ya habíamos recorrido, por lo que terminamos de regreso en el pueblo, hospedados en un hotel propiedad de un gringo rockero con pinta de motociclista o trailero.
Al día siguiente, ya con la luz de la mañana, atravesamos el inmenso camino de lodo hasta llegar a la costa, que no era el edén que nos habían prometido pero estaba bien para sacar un par de fotos. Ante la amenaza de lluvia, regresamos por las cosas para tomar un autobús hasta la ciudad de San José. Después de casi ocho horas de camino, por fin llegamos al Barrio México, donde conocimos a un peruano muy extraño que tenía poderes ocultos para la adivinación (nos leía el hosróscopo) y que trabajó durante un buen tiempo en Tepito. Fue así que unos minutos más tarde llegamos a casa de Esteban, quien trabaja en un call center, es bombero y además nos sorprendió al declararse seguidor de la ultraderecha, donde pasamos la noche mientras conversábamos un poco sobre política. Al día siguiente dimos el acostumbrado paseo por la ciudad. San José es un lugar muy bello con muchas cosas por hacer. Sin embargo, por la tarde nos mudamos a casa de Paloma, debido a que Esteban tenía que salir de la ciudad, ubicada en las afueras de Sa José, en el barrio de Moravia. A pesar de que el recibimiento fue un tanto indiferente (al más puro estilo tico) nos permitió lavar la ropa, la cual tenía varias semanas sucia y mojada. Al día siguiente continuamos el recorrido por San José, (donde además tuve que hacer una escala en una clínicia para los pies por ese pequeño problemilla que tanto padezco en las uñas, jeje) para regresar tiempo después a casa de Paloma y echar un buena platicada, con ella y su novio (el tipo más "normal" que conocimos en Costa Rica según Carlos), sobre el asunto del TLC, mismo que ha desatado la polémica entre la comunidad tica desde hace unas semanas a la fecha, además de que estábamos preparados para ir a una fiesta a la que siempre no fuimos. Al día siguiente partimos hacia Puerto Viejo, un lugar con ambiente afrocaribeño ubicado en la costa sureste de Costa Rica, pasando por el puerto industrial de Limón (hogar de la United Fruit Company) hasta que por fin, el calor y las horas de viaje hicieron que aventáramos las cosas en un hostal parameternos rápidamente al agua y reconciliarnos con el mar, después de los ratos no tan buenos por los que habíamos pasado en la costa (y eso que en el mar la vida es más sabrosa). La mañana siguiente rentamos un par de bicicletas para ir a Manzanillo y poder ver algo sobrelas reservas naturales de los alrededores y cosas por el estilo, hasta completar unos 30 kilómetros de recorrido y regresar para echar un vistazo a la vida nocturna del lugar. Después de echar un vstazo, naufragamos en un bar con música en vivo donde el cantante de la agrupación, llamado Mr. Memo, nos hizo pasar un rato bastante cotorro mientras nos tomábamos una Imperial al son de reggae, salsa, cumbia y demás ritmos del Caribe. La estadía en Costa Rica fue mejorando gradualmente, pero había llegado el momento de irnos, así que luego de que casi nos deja el camión (de no ser por un par de sujetos y su veloz amioneta que nos ayudaron a acanzar el autobús), llegamos a Sixaola, frontera con Panamá, el último país de Centroamérica.
11月6日 el rostro de la pobrezaEl cruce de la frontera con Nicaragua fue duro. En cuanto llegamos a Guasaule, un enjambre de lugareños corrió detrás de la camioneta en la que íbamos hasta que nos bajamos y empezamos a caminar mientras un numeroso séquito de prestadores de servicios se hacían cada vez más insistentes, incluso, siguiéndonos de cerca en el puesto migratorio. El lugar se veía desolado y un tanto hostil. A orillas de un puente en tierra de nadie, accedimos a tomar un bicitaxi con tal de dejar atrás a los sujetos que se aferraban a que cambiáramos las lempiras hondureñas por algunos córdobas nicaragüenses.
"Estúpidos turistas, no quieren nada", vociferó uno de ellos, lleno de frustración al haber invertido poco más de un cuarto de hora en seguirnos inúltimente. Se lo habíamos advertido desde el inicio.
Una vez del lado de Nicaragüa, intentamos pedir un aventón con unos extranjeros que viajaban en una camioneta, pero no tenían asientos disponibles en la parte de atrás, así que decidimos cambiar el dinero a un precio más justo (aunque de cualquier modo hubo una pérdida). Mientras estábamos a medio regateo la chica extranjera que viajaba en la camioneta nos comentó que si no nos importaba viajar sin asientos, nos podían dar un aventón a la ciudad de León. Desde luego, no nos importó, y menos cuando descubrimos que no había asientos pero si una cama. Fue así como conocimos a James y a Brooke, una pareja de australianos que tenían cerca de nueve meses de viaje. Estuvimos platicando durante algunos kilómetros a lo largo de una carretera con hoyos del tamaño de un cráter, pagando toda clase de impuestos locales por pasar en camioneta. Sin embargo, lo que más me impactó fue ver a los niños pedir dinero o comida en medio del camino, ya que la miseria y marginación que se vive en algunas regiones de Nicaragua es impactante. Niños flacos, casi en los huesos tapando algunos hoyos en la carretera para pedir algunas monedas o un pedazo de comida. Esa experiencia me mantuvo pensando un rato, un tanto herido por no poder hacer nada o no hacerlo por simple apatía, hasta que la camioneta empezó a dar algunos tirones. Nos habíamos quedado sin combustible debido a una falla en el marcador de la camioneta. De inmediato, un silencio absoluto impregnó el ambiente, como si mantenernos callados y concentrados fuera una forma de avanzar unos metros más sin combustible. Recorrimos varios kilómetros a una baja velocidad mientras buscábamos una estación de gasolina o algún lugar que vendiera combustible, quizá una pequeña casa o tienda, pero nada. Así seguimos durante varios minutos, callados y apretando el cuerpo cada vez que sentíamos que se detenía la camioneta, hasta que finalmente entramos a un pueblo en el que había una estación de combustible Shell, a la cual llegamos empujando la furgoneta cuando se detuvo completamente a la entrada de la gasolinera para nuestra suerte. Después de eso, continuamos el trayecto durante un par de horas más, fotografiando algunos volcanes desde el vehículo momentos antes de que cayera la noche, mientras Brooke luchaba con el malestar que le venía aquejando unos kilómetros atrás. Al llegar a León buscamos una clínica en la que atendieron a Brooke. A pesar de que me quedé en una sala de espera, Adampol, quien sirvió de interpetre entre los australianos y la gente del nosocomio, me contó tiempo después que el doctor que los atendió estaba más preocupado por recomendarnos un buen hostal con un bar al frente que en el estado de la paciente. Sin embargo, no parecía nada grave, así que mientras nuestros amigos australianos se hospedaron en un pequeño hotel cerca de ahí, Carlos y yo intentamos buscar algo acorde a nuestro precario presupuesto, pero antes, pretendíamos comer algo, ya que no habíamos probado bocado en todo el día. Tras recorrer algunas calles del centro de León, dimos con un pequeño puesto callejero que vendía carne al carbón y otros alimentos. Al terminar de cenar, una dupla de nicaragüenses un tanto enfiestados empezaron a platicar con nosotros, con el objeto de "intercambiar algunos aspectos culturales" entre México y Nicaragua. A pesar de que Adampol y yo nos miramos con cierta desconfianza, accedimos a entablar contacto con los peculiares leonenses que nos dieron la bienvenida. Unos peronajazos. El primero se llamaba Wester Cortéz, un liberal que tenía una tienda de equipo contra incendios en la que trabajaba su amigo de toda el alma Héctor Pérez, un sandinista declarado que intentaba relatarnos algunos pasajes de la historia nicaragüense pese a la impaciencia de su amigo. Al cabo de unos minutos, terminamos en un bar frente al hostal donde pasamos la noche, llamado el Vai Vai, bebiendo unas cervezas Victoria (sin parentesco con sus homólogas mexicanas) mientras los pintorescos y orgullosos leonenses debatían acaloradamente en cuestiones históricas, políticas y culturales al tener puntos de vista tan contrastantes que le daba un aire de comicidad a la plática, ya que mientras intentábamos averiguar algo sobre el movimiento sandinista, Wester se dedicó a cantarnos una rola llamada 'La traición de la Malinche' que según él, era típicamente mexicana. Al término de las caguamas, nos despedimos de los peculiares leonenses que se perdieron en la noche tambaleándose entre las calles al sufrir algunos estragos relacionados a la bebida y un cierto pesar porque no íban a poder mostrarnos la ciudad al día siguiente por tener que trabajar.
Después de algunas horas de tomar fotografías en los alrededores y visitar la tumba del poeta Rubén Darío, tomamos un autobús con destino a Managua, la capital del país, donde contactaríamos a Barabara Hortsmann, una alemana que nos había ofrecido hospedaje por esa noche.
El paisaje de Managua no resultó nada atractivo. Es unaun lugar gris, sin centro histórico o lugares similares, debido a la violencia de los terremotos que han azotado la ciudad desde hace varios años atrás. Nos bajamos del autobús en medio de un mercado que se veía muy peligroso, algo que confirmó un señor al vernos desorientados en una esquina.
- No vayan a caminar por ahí, si los ven turistas los van a asaltar- sentenció el viejo que al igual que mucha gente atrás, nos advirtiieron del constante peligro de Managua. Con un poco de miedo y aferrándonos a una esquina con una tienda de dulces como única protección, decidimos tomar un taxi, pese a estar en contra de nuestros princpios de viajeros jodidos. Tras dar las inidcaciones al taxista, llegamos al barrio Reparto San Juan, un lugar muy nice con barecillos y cadenas trasnacionales por todos lados. Nos sentimos un poco aliviados al llegar al barrio pese a que distaba mucho de ser la realidad de Managua. Por fin, conseguimos un telefono para comunicarnos con Barbara, quien de inmediato con encontró a las afueras de un restaurante llamado La Marsellesa y nos hospedó en su casa, donde pudismo tomar un breve suspiro para bañarnos y usar internet sin costo, algo que nos cayó muy bien en ese momento.
Una vez que regresó del trabajo, cenamos un poco con unas Toñas (chelas) mientras nos platicaba algo sobre su trabajo, ya que realizaba algunos proyectos de desarrollo social en Nicaragua por parte de una delegación del gobierno alemán. Estuvimos intercambiando experiencias, anécdotas yuna que otra canción durante un buen rato hasta que llegó la hora de dormir, ya que la mañana siguiente Barbara tomaría un avión con destino a Perú para reunirse con algunos amigos.
Al salir dimos un breve (muy breve) paseo por los alrededores de la UCA (Universidad de Centro América) y tomar un bus de poco mas de una hora hasta Granada, un pueblo colonial muy bello que de inmediato nos cambió la opinión que teníamos respecto a Nicaragua, ya que en comparación a la capital, este pequeño poblado a orillas del imponente mar de agua dulce conocido como Lago Nicaragua, tenía una vibra muy diferente, más apacible y tranquila.
Recorrimos las calles de Granada varias veces, tomando una buena cantidad de fotografías y dsifrutando del atardecer a orillas del lago. Por la noche salimos a la plaza princpial a tomar un poco de aire fresco y descubrir la felicidad que poseían las calles de Granada: niños jugando a todas horas, gente haciendo deporte, un camión-antro llamado la Pachanguera y hasta un pequeño tren musical en el que los turistas y lugareños daban el rol al compás de cumbias, salsas o reguetón. Estuve tocando un poco la guitarra a medio parque para distraerme un poco y ver qué ocurría, hasta que un viejecillo bien ebrio se junto pa' cantar una rola de Los Panchso mientras lo acompañaba con la guitarra. Luego de un rato, Adampol empezó a platicar con tres chavos de la localidad. Al integrarme a la plática, me sorprendió la madurez y lo informados que estaban respecto a lo que pasa en el mundo, (pese a no tener internet en su casa como muchos mexicanos que parece vivir en otro planeta). La plática me llenó mucho y mientras uno de los chavos, de sólo 15 años, hablaba con seriedad y entendimeinto de rollos políticos, otro nos contaba sobre su trabajo en una fábrica de productos de cuero y la realidad de muchos inmigrantes nicaragüeses en distintas regiones del mundo. Comprendí entonces, el porqué la imagen del Che Guevara tenía una fuerza especial en Nicaragua, un país devastado por la intervención estadounidense, que no había podido sanar de sus guerras internas, donde la pobreza estaba desnuda y latente en cualquier rincón, un lugar donde no existen oportunidades para gente como los tres chavos con los que platicamos, ya que la universidad es exclusiva de los más acomodados. Entendí el porqué, lugares como Nicaragua motivaron al Che a organizar una revolución a lo largo del continente americano.
La mañana siguiente salimos rumbo a Costa Rica. En el camión nos encontramos con unas chicas croatas con las que platicamos un buen ratoi antes de que el camino se dividera en Rivas. Fueron sólo tres días en Nicaragua, tres días intensos que me siguen poniendo a pensar en la necesidad de que se realicen algunos cambios para esta gente y toda la gente que sufre los estragos de la pobreza. Tarde o temprano, las políticas económicas vigentes se vendrán abajo, porque simplemente, el sistema no funciona.
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