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4月27日

Extravío

 
 
 
Búscame al otro lado del olvido,
desdoblando el vacío, al filo de la nada.
 
Búscame en la estratósfera,
en el fondo submarino,
en la premura del primer beso y
el silencio cómplice de los enamorados.
 
Búscame en tu orilla
y en el centro de la Tierra,
serpenteando la noche
entre flores del ocaso y dioses transparentes.
 
Búscame en el remanso inagotable de tus manos,
en los quicios otoñales de medio día.
 
Búscame en tu tristeza anesteciada,
en lo profundo del movimiento y en los
delirantes fantasmas del presente.
 
Búscame en tu vientre de ojos azules
y en el murmullo de tu soledad risueña.
 
Búscame en las fronteras invisibles de la carne,
en confesiones anónimas y en el tiempo mutilado
de una canción.
 
Búscame en la caricia del desvelo,
entre tus piernas y el mundo,
entre la eternidad y la sombra.
 
Búscame en la evocación de todo una vida,
en la fe perdida, en sueños haciéndose espuma. 
 
 

 

 


4月12日

poemas de un bunker

 
 
Me alimento con bocanadas de humo
mientras los días reposan en las
vértebras de mi columna,
y la mañana se oculta en el pálido alivio
de las horas sin respuesta.
 
Repunta el verde de mi sombra
y el viento encuentra cobijo en la violencia
de un yermo páramo con olor a hojas secas.
 
Quizá podamos adormecer el miedo
y trepar por muros invisibles,
dar un vuelco en el vacío y despertar
echando raíces sobre los sueños.
 
 
 
 
 
   El viento roza tu cuerpo con los dedos,
      envolviéndolo todo
en el suave delirio que produce
   tu piel desnuda.
 
 
 
 
 
Miremos el palpitar del mundo,
el sórdido flagelo del silencio
en el que se disfrute la cena perfecta:
dos bocas solitarias.
 
 
 
 
 
Hay gatos que susurran versos a la luna
y flores taciturnas que no saben extraviarse.
 
Existen voces a oscuras que aprietan el corazón,
aves nacidas del sol cantando letanías antiguas y 
cruces que sueñan ser árboles en las hojas de un libro.
 
Hay caballos rojos galopando en la estratósfera,
erráticos y locos, como moretones en la piel.
 
 
 
 
 
Dormirán las palabras que pronuncie el ciego,
aquel capaz de ver a Dios en su oblicua oscuridad,
como profetas de manicomio devorándose los ojos,
dos heridas sin respuesta.
 
Sólo así despertará el poema,
el color más estridente y libre de culpa,
que viva en el recuerdo de nuestros muertos
y eche raíces en el corazón de los inmortales.
 
 
 
 
 
 
 
Mis dedos se alargan en el infinito abarcándolo todo,
son falanges sin ramas que se multiplican y se sustraen
de su propio centro,
de su propia órbita,
de su propio tiempo.
 
 
 
 
 
 
 
Los extraños se muerden la lengua
y se retuercen en sus adentros,
tratando de asesinar impunemente
a los demonios que bailan
sobre el fuego primiegnio,
bajo tumbas solitarias,
exhalando oraciones profanas.
 
 
 
 
 
 
Hemos de ser como la tarde,
como el llanto más dulce y melancólico,
el encierro más cruel, la espera más larga.
 
Hemos de ser como un soplo en carne viva,
la lógica absurda de los locos, el amor más robusto.
 
 
 
 
 
 
 
Estamos en medio de la eternidad,
en el inocente vello de lo imposible,
en diálogos con sabor a remolinos
dando vueltas en el aire, floreciendo
en el rumor de la noche.
 
Vivimos en el silencio más crudo,
en el devenir de siglos sin respuesta y
en espera de tus labios sabor a luna,
con el deseo latente de ser el espiral
que soporte tu corazón errático y fugitivo.
 
¿Cómo acostumbrarme a esos versos tuyos
que añoran un presente sin despedidas ni
felicidades a media gana? 
 
 
 
 
 
 
soy recluso de tu risa,
de las flores capilares que caen
sobre tu pecho de pan cobrizo
que despuebla ventanas
en el abrigo de la tarde
y el sueño en que vivo.
 
 
 
 
 
 
 
No puedo tocarte,
esta prisión de hierro, invisible
como el tiempo, nos aísla.
 
Encerrados en el destierro
de días sin hambre,
vivimos sobrevolando el olvido
y construyendo ídolos
de barro adormecido.
 
Oliendo tu sexo hinchado
sigo tu rastro. Corre. Huye.
Embriágate de vida y arrójate
a las brasas. Prometo poner
flores cuando nos hayamos ido.
 
 
 

  Somos si ser,
dormitamos
   sin soñar,
         y sin hablar,
        decimos.
  
  Huimos de nosotros
                   mismos.
 
 
 

Ojos olor a tempestad y
labios ocultos en la sobriedad
más diáfana de la realidad,
laberintos de arena donde
habita la obviedad estéril
de los ciegos.
 
 
 
 
Victimarios sin premisa ni membrete,
clamor de olivos que se ocultan
en mi piel marchita.
 
 
 
 
 

Podemos cortar cadenas y
escapar hacia nuestros adentros.
Perdernos en las infinitas
posibilidades de la locura.
 
Allá, donde los árboles echan
raíces aferrándose a las estrellas.
 
Allá, donde esta necesidad de amar
sea capaz de unificar el universo,
donde nacen flores sembrando piedras.
 
Estoy contigo sin citas previas,
haciendo camino y fumando hojarascas.
 
Estoy en ti,
como enfermedad sin pliegues,
dibujando hoyos
en la humedad de la tierra.
 
 
 

Somos el suicidio inconciente
de los días sin nombre; mi
lengua es el verbo y el agua
donde flotan quimeras,
luces estroboscópicas vacilando
en el delirio último de un volcán.
 
 
 
 
4月8日

versos y mas versos

 
 

Pienso en ti,

una, dos, mil veces,

como una fotografía

que se repite

sin descanso.

 

Soy en ti,

como en tus ojos,

en el lunar que tienes

junto a la boca,

o los nudos que el aire

forma en tu cabello.

 

 

Amor en ayuno

que me infecta

como un virus letal,

una peste, enfermedad sin

respuesta ni excusas,

que escribe esta biografía

llena de equívocos,

de números nones

y esta sinrazón afligida

por saberte lejos

y saberme impotente

de aprender a escuchar

y respirar como lo hacen las

paredes de nuestra habitación.

 

 

 

El tiempo es una vorágine corrosiva

de la que no existe escapatoria,

y oxida las ideas como el fierro viejo,

al igual que las ánimas de aquellos

que habitan en el resguardo invernal

de soles marchitos, un sepulcro de gigantes

profanado por la risa perseguidora

de coloridos cadáveres que deambulan por

un mundo que desconocen.

Su piel, áspera y plomiza, ha sido tragada

por la sordera que produce el viento en los oídos;

algunos cuerpos demembrados,

vestidos de olvido, dormitan en la soledad

taciturna de un desierto sin puertas,

una herida abierta que no deja de sangrar.

 

 

 

 

 

El corazón suspira exaltado

¡la realidad lo ha alcanzado!

El amor se ha vuelto costumbre,

náusea y humedad en los ojos,

satélite de mi fe verdadera.

 

 

Mis versos morirán

condenados a orfandad,

porque no te conocen,

y porque ignoran cómo

llegar hasta ti,

verbo predilecto

de mi único credo.

 

 

 

 

La noche parpadea

y el asfalto aúlla, ¡Aúlla!

Somos vulnerados por

luces hechas de vidrio,

bruma omnisciente,

que nos convierte en

sombras recortadas.