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5月22日 La caída de la familia amarillaRecuerdo que para cuando cursaba el cuarto año de primaria, los Simpsons ya se habían convertido en un referente imprescindible para todo aquel que quisiera entender lo que fue el siglo XX. También recuerdo que al principio, mi madre intentaba persuadirme para que dejara de ver las aventuras de “esos monos amarillos” bajo el argumento de que no eran caricaturas para niños, que eran groseros y no se qué tanto más. Y sí, sin duda alguna, la familia favorita de Springfield nunca se ha caracterizado por sus buenos modales ni por ser políticamente correctos, algo que incomodó a los grupos de televidentes más conservadores, tal como evidenció el entonces presidente George H. W. Bush al decir que "queremos lograr que la familia americana sea más como Los Walton y menos como Los Simpson". Un caso similar ocurrió en México, según cuentan algunas leyendas urbanas del bajo mundo de las tiras cómicas. Se dice que cuando Los Simpsons comenzaron a tener un éxito considerable en EU, dirigentes de Televisa decidieron hacerse de los derechos correspondientes para emitir la serie, pero los pésimos comentarios por parte de un influyente directivo de la empresa que vio el primer episodio al aire, provocó que la televisora le cediera los derechos para su transmisión en México a Televisión Azteca. De cualquier modo, los Simpsons cautivaron a generaciones enteras con su implacable crítica hacia el sistema gringo y las fuertes dosis de ironía que los mantuvieron en la cima de la fama y que catapultó al programa como una de las mejores series animadas de todos los tiempos. El mérito de los creadores no solo se basaba en haber ideado a una familia común y corriente con las que cualquier occidental pudiera identificarse, sino que crearon todo una mitología alrededor de los cientos de personajes que conforman Springfield, ya que a final de cuentas la serie no trata sobre una familia aislada, sino la forma en que dicha familia disfuncional interactúa con la sociedad en su conjunto. Hicieron del lugar común algo espectacular. Los Simpsons tenían el talento necesario para hacer de una simple visita al supermercado, una experiencia hilarante. Lo mismo sucedía con el resto de los personajes. El televidente no sólo lograba identificarse con las tonterías de Homer, las travesuras de Bart, el idealismo de Lisa o la abnegación de Marge, sino también con la mojigatería de los Flanders, la rectitud del profesor Skinner, la incompetencia del Jefe Górgori, la maldad del Señor Burns o lo patético de Moe, por citar algunos ejemplos. Abogados, médicos, vagabundos, políticos, estrellas de la farándula, empresarios, obreros… nadie se escapaba de la mirada mordaz de los creadores, que hicieron de Springfield el reflejo más preciso y gracioso del American Way of Life. Sin embargo, todo cambió de pronto. Luego de entregas que rayan en la verdadera genialidad, la serie comenzó a dar síntomas de cansancio a partir de la novena temporada, ya que a pesar de lograr algunos buenos capítulos, empezaron a aparecer algunas incongruencias en la historia, tales como la falsa identidad del director Skinner. Desde entonces, la tramas se volvieron cada vez más burdas, simplonas, ridículas. El humor corrosivo e inteligente de una situación bien lograda se cambió por la comedia de pastelazo, la salida fácil. Los personajes también sufrieron cambios drásticos, desde la muerte de Mod Falnders hasta la rehabilitación de Barney Gómez. Ya nada volvió a ser lo mismo, ni siquiera las sutiles y bien logradas secuencias de entrada, cuando la familia Simpson se abalanzaba sobre el sofá para ver el televisor. Esto, para los que tengan dudas, es fácilmente comprobable al sintonizar los nuevos episodios y medir el tiempo en que los chistes sacan alguna mueca que emule una ligera sonrisa en el televidente y después compárela con los episodios viejos, se sorprenderá de los resultados. Aunado a todo esto, el cambio de voces en la versión al español para Latinoamérica a partir de la temporada 16 recrudeció la debacle del programa en el que los invitados famosos, los cada vez extraños empleos de Homero o la visita a otros países se han convertido en la trillada fórmula de las últimas temporadas. Ni siquiera la película estrenada el año pasado, logró revertir la estrepitosa caída de Los Simpsons, a pesar de los dividendos que dejó a sus creadores, quienes pese a las crecientes críticas han descartado que el programa este cerca de llegar a su fin. Ojalá lo reconsideren en favor de sus propios personajes que tantos buenos momentos nos han regalado.
5月5日 muñones de un poemario que va agarrando forma
Estoy cansado, de respirar alquitrán y amoniaco, o despertar con esa melancolía profunda y malquerida, que se insinúa como un dejo de muerte y perversión, como la más lóbrega de las prisiones donde mis restos se alimentan del olvido y la suciedad de esas paredes con olor a crimen impune.
Estoy cansado de caer al vacío y de que la constante búsqueda de la verdad se transforme, inevitablemente, en un remolino de dudas que me arrastra por la noche perpetua, hasta alcanzar profundidades marítimas donde termino siendo devorado por el instinto asesino de alimañas que viven en el subsuelo.
Estoy cansado, de que el hambre duela y el corazón extraviado sólo sepa tartamudear, hasta morderse la lengua y sangrar, como sangra una célula furiosa y ermitaña, que se adhiere a tu orilla como tempestad violenta y silenciosa, un destierro maldito que me acompaña en el concierto que da la bienvenida a un mundo roto.
Hay distancias tan profundas… como el ancho de la calle o las hojas del calendario que van directo a la basura.
Hay distancias tan profundas… como el deshielo de un glaciar, o la soledad de un bote a la deriva, la distancia del corazón a la boca.
Hay distancias tan profundas… como el agua salina que nos brota de los ojos sin saber por qué.
Tan profundas… como tu voz al otro lado del telefono, o aquella cicatriz en mi bajo vientre que no termina de sanar.
Hay distancias tan profundas… como un televisor aburrido y nauseabundo, que cuenta interminables horas de nostalgia.
Hay distancias tan profundas…
Hablé con el corazón inflamado, y me callaron las balas.
Dormí sobre una hojarasca y me despertó el odio del enemigo.
Leí sobre sabios que cantaban, y murieron a palos.
Supe de sapos que amaban la luna, hasta que se las robaron.
Fui testigo de tardes tristes, con soles a oscuras emulando eclipses.
Noté que los pájaros bailaban de madrugada hasta que la ira de la metralla les quemó las alas.
Quizá exista el poema que pueda atrapar el ansia de un volcán a medio sueño, como las fórmulas de alquimia de aquellas brujas que hablan con la muerte, como animales en su guarida esperando la hora, o una semilla con ganas de nacer.
No te pido que me liberes, sino que nos liberemos los dos, deshaciéndonos de la ligereza insoportable de estas ropas que nos aíslan.
Imaginemos una mañana fértil de arena blanca, lenguas copulando y abriéndose al instinto primigenio que te abraza, tierna y mansamente, como aves floreciendo en un páramo yermo.
El de la triste figura
En algún lugar de la nada, hay melancolías sin coagular, libros de caballería sin Quijote que les arranque una sonrisa.
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